Atardecer; afilados de una iglesia salen, los miro desde mi ventana, en los parques se devoran, son obeliscos penetrando el cielo, buscando penetrar a todos los santos, esperando lluvias de leche y miel.
Viajando en un taxi al doblar la esquina me descubro entre los titanes; él y yo estamos abajo, muy abajo en la cadena alimenticia; ahora lo comprendo, mirando la ciudad desde lo alto, muy alto, bebiendo gratis en el hotel lujoso y acerino: nosotros sólo somos el humo, y ellos metal fundido; entonces huí.
Tomé una foto de un geniecillo sentado en el puente, éste aun en construcción, el daemon se burla del progreso con mi muerte: al atardecer mi retorno fue el de una chispa de soldadura perdiéndose en la oscuridad, oscuridad que se abre a mi luz apagándose, cayendo en el precipicio de este vértigo; de mí queda el humo, mostrándome en siluetas la verdadera naturaleza de las formas.